jueves, 26 de julio de 2012

Sin nombre.

Querido ser humano,
tras mucho pensar, he decidido compartir ciertas reflexiones contigo. La vida da muchas vueltas, y he descubierto que hay un punto en el que no estoy al derecho ni al revés. Me limito a flotar. He descubierto que los pequeños milagros que suceden a diario son más importantes que cualquier desastre devastador. Una vez has tocado fondo, ya nada malo puede hundirte más. Sin embargo en cualquier momento una sonrisa, un cielo especialmente azul o una caricia, te eleva. Y a pesar de que la tristeza tiene un límite - en el cual he estado, y en el cual he aprendido mucho -, la felicidad no lo tiene. Siempre puedes ser un poco más feliz. En la más absoluta oscuridad es cuando más visible es una débil luz. No soy una persona especialmente positiva, no voy a negarlo. Pero aún así el mundo es demasiado hermoso y fascinante para cerrar los ojos ante sus maravillas por culpa de los pequeños baches. O los grandes precipicios.
Y, querido ser humano, me gustaría agradecerte que me hayas leído. Y que me hayas prestado atención, pese a que esta pequeña carta está tan desestructurada como las ideas que se amontonan en mi cabeza.
¿Sabes lo más hermoso de todo esto? Que tú estás ahí, leyendo una serie de palabras en una pantalla, pero mientras lo haces, también estás visitando un recoveco de mi mente. Y ese es un pequeño milagro un tanto infravalorado que para mi es infinitamente especial. Probablemente no me conozcas. Jamás has escuchado mi risa, ni conoces mi situación. Tampoco has tenido nunca una conversación conmigo.
Y a pesar de todo, has tenido acceso a un nivel íntimo de mis pensamientos. Y eso, sin duda, es mágico.

Con amor,
Tess.

jueves, 7 de junio de 2012

Estática.

Me encogí en el sillón mientras temblaba violentamente. Intenté resistirme, pero no pude evitar llevarme las manos a los oídos. No servía para nada. El ruido no estaba fuera. Quería gritar, pero temía romperme en mil pedazos. Ese sonido de estática cada vez era más fuerte. Estaba ahí a todas horas, nada ni nadie podía pararlo. Eran cien mil televisores cuyas antenas han sido derribadas por una brutal tormenta. Eran doscientas radios mal sintonizadas. Era mi dolor amenazando con destruirme desde dentro. Refrené el impulso de golpearme violentamente contra la pared más cercana. Necesitaba que aquello parase. Sentía mi cordura tambalearse sobre una cuerda deshilachada a cientos de metros de altura. Quizá algún día todo esto acabe.