viernes, 24 de febrero de 2012

Un trocito de chica gato.

No me gusta la gente normal.
Es decir, en la sociedad hay una serie de pautas, unos moldes en los que debes encajar si quieres ser considerado "normal". Si lo haces, no me gustas.

No me malinterpretéis, no es que prejuzgue ni mucho menos. Me gusta tomarme mi tiempo para conocer a la gente, conocerles de verdad. No me gustan las apariencias, así que nunca me fijo en ellos. A mi me gusta el fondo. La personalidad lo es todo para mi cuando se trata de establecer relaciones con otros.

Tengo una gran facilidad para encariñarme con la gente, para quererlos y para confiar. Obviamente eso me pone en una situación muy peligrosa, me expone a recibir muchas decepciones y puñaladas, y es lo que suele ocurrir. Pero aún así no pierdo la esperanza, si de quinientas personas a las que he ofrecido un espacio en mi vida han merecido la pena tres me siento más que satisfecha.

Por supuesto los errores o las relaciones que se quedan por el camino no son siempre culpa de la otra parte. A veces conozco a una persona, profundizo en nuestra amistad a medida que voy descubriendo su personalidad y... me aburro. Puede que sea porque la persona en cuestión derroche normalidad, no sea suficientemente especial -no, no es lo mismo, pensadlo- o simplemente haya llegado demasiado pronto al fondo de su personalidad, sabiéndome a poco. Cuando llega ese momento soy incapaz de mantener la relación. No consigo tener conversaciones largas, me distancio... Es algo que no puedo evitar.

Esto me lleva a darme cuenta de que la gente a la que quiero, quienes realmente me importan, no puede ser clasificada como normal.
Paranoias, baja autoestima, obsesiones, pasado turbulento, soledad, trastornos de todo tipo... Esto es lo que vas a encontrar entre quienes tienen un trocito de mi corazón. ¿Por qué tiendo a juntarme con gente así? Se podría decir que es más problemático, más complicado. Pero para mi es una experiencia más plena, más atractiva y real. La gente complicada es a la vez interesante, siempre hay algo nuevo que contar, algo en lo que te entienden, algo con lo que ayudarles. Sabes que los sentimientos son de verdad, no de cartón piedra y papel maché. Cada pedacito de locura que añaden a mi vida es también un pedacito de intensa felicidad.

Lo tengo claro, yo encajo entre los que no encajan en ningún sitio. Yo soy como ellos, pero sin embargo no somos iguales. Cada loco tiene su propia locura, cada felicidad es sentida de distinta manera por cada uno de nosotros, y sin embargo está ahí porque están conmigo.

En resumen; siento especial afinidad con la gente extraña, no sé mantener relaciones con gente normal.
Que sea bueno o malo me da igual, solo sé que es, así que lo dejaré ser.

Incluso un final abierto es un final.

Todo lo que empieza, acaba.

El final existe, siempre está ahí, esperando su turno, preparado para arrasar con todo lo que en algún momento estuvo ahí.
Incluso la noche más larga, llena de dolor y miedo acaba.
¿Ese cumpleaños que llevas trescientos sesenta y cuatro días esperando? A las doce en punto ya es algo pasado.
Un amor que dura toda la vida llega a su fin el día de la muerte de quienes se amaban.

¿Y qué pasa cuando algo acaba? Que jamás volverá.
Da igual cuánto lo desees, da igual que intentes recrearlo.
Puedes creer que releyendo tu libro favorito jamás acabará. Mentira.
Ese libro terminó para ti la primera vez que lo cerraste, después de haber terminado el viaje en el que te embarcaron sus páginas.
Lo mismo pasa con las relaciones. Cuando acaban -cuando lo hacen de verdad-, no hay vuelta atrás. Alguien me dijo una vez que cuando te enamoras por segunda vez de alguien no te enamoras de la persona, sino de los recuerdos. Con la amistad es algo parecido.


Se podría decir que el final de las cosas es como la muerte; inevitable.
Pero estaríamos equivocados.

Hay algo especial en los finales. Igual que un fuego destructor siempre dejará cenizas, algo que llega a su final llena nuestra mente de esa magia llamada recuerdos.

Los recuerdos pueden ser algo maravilloso o algo devastador, todo depende que cómo haya sido el fuego del que provienen. Pero están ahí.

Para mi, los recuerdos son algo muy poderoso, algo que atesoro en rincones de mi mente, bajo tres candados y dos cadenas. Los recuerdos, ya sean malos o buenos, alegres o dolorosos, me fascinan. Probablemente sea porque me permiten revivir de segunda mano cosas que jamás pasarán de nuevo. Uso los recuerdos como sentimientos de segunda mano, refugiándome en ellos cuando necesito escapar del mundo real. Siendo absolutamente sincera, los recuerdos, junto con mi capacidad de soñar despierta, son la droga que me ha ayudado a seguir adelante en los momentos más oscuros.

Pero...
¿Sabéis la diferencia entre soñar despierta y recordar?
Que los recuerdos no dejan que olvide que si puedo refugiarme en ellos es porque mil veces he sido capaz de enfrentarme al mundo real, creándolos.
Así que si pude en el pasado, podré en el futuro.