miércoles, 29 de agosto de 2018

Volviendo de entre los muertos.

Bueno, aquí estamos otra vez.
Han pasado años desde mi última entrada, y sinceramente ni siquiera recordaba este blog.
Madre mía, qué vergüenza ajena, qué pedante que era. Así que si es la primera vez que pasáis por aquí, no juzguéis a la joven y pretenciosa escritora, aún le quedaban -y le quedan, que la vida es un no parar- muchas hostias por darse.
No voy a hacer recuento de todo lo que ha pasado desde mi última entrada. Baste decir, en general, que no fui tan siquiera a Irlanda, fui a Londres, que tengo el título de educadora y que mi poderoso teen angst ha seguido conmigo. Resulta que era depresión, entre muchas otras palabras más que no le interesan a nadie.

Oh joder, ¿estaré siendo pedante otra vez?

Mira, que le den. Yo escribo y si luego queréis pincharme por ello, tenéis permiso.

A día de hoy, en plena crisis de los veinticinco, releo mis posts y me río, pero también me conmuevo. No sé si ahora sería capaz de plasmar mis sentimientos aquí como lo hacía de niña. Pero eso no va a impedir que lo intente.

Quién me iba a decir a mi cuando empecé este blog que años después seguiría viva sería un intento malogrado de adulta viviendo lejos de la trampa mortal que una vez llamaba casa. Que tendría parejas. Que soy lesbiana. Ha sido todo un viaje, en realidad, una especie de montaña rusa de la que ahora, por fin, encuentro momentos para bajarme y respirar un poco.

No estoy en mi mejor momento, pero no estoy ni de lejos en el peor, así que los progresos han sido grandes. Sigo obsesionada con cualquier cosa de miedo o que brille en la oscuridad, y aunque ahora lleve estética soft-butch, sigo siendo emo de corazón. Mi amor por los animales ha acabado con Octavio, mi gato, sentado a mi lado en el sofá y Rocky -referencia a The Rocky Horror Picture Show que nadie pilla porque la gente tiende a ser, ya sabéis, normal y eso-, mi perro, tumbado literalmente encima de mis pies.
En cierto momento cedí, vi Star Wars, y ahora hay mil cosas relacionadas por casa porque me enamoré. Menciono esto porque es una parte relevante de mi vida. No sé, lo pongo hasta en el perfil de Tinder.

¿Cómo me siento? Bien. Feliz, creo. Sentirse feliz es más subjetivo de lo que parece.
¿Cómo estoy? Buena. Estable. Y eso es algo por lo que he luchado mucho y de lo que me enorgullezco.

Y ahora, el verdadero motivo por el que escribo este post.

M, Muesli... ¿quién eres? ¿Qué haces entrando a un blog que lleva inactivo años?

La duda no me va a dejar dormir esta noche, veréis.



Siento la falta de contenido interesante o emocionalmente profundo, sólo es un post para tantear las aguas antes de lanzarme a ellas.

lunes, 2 de marzo de 2015

Mamá, papá... quiero ser au-pair.

Para quienes me conozcan, no es una novedad.
Llevo tres años posponiendo esta aventura, cualquier excusa era buena; que si me mudo a Madrid a estudiar, que si los billetes de avión, que si la universidad...
Llegada a este punto, en el que he decidido que el curso que viene empiezo una carrera a distancia, he decidido dar el paso, y ya no hay vuelta atrás. Porque a cabezona con estas cosas no me gana nadie.

Lo primero que hice, en mi frenesí (el que me invade siempre que me emociona algo), fue crearme un perfil en todas las webs de Au-Pair que tenían aspecto fiable. Personalmente, os recomiendo Au-Pair World.

Empecé a enviar solicitudes con un texto copiado y pegado como loca, hasta que me enteré de que no podía mandar más de x mensajes sin ser premium. Así que decidí esperar, con lo mal que se me da. Mientras tanto, leí muchos blogs de chicas que son o han sido APs, pero no los voy a linkear porque de este mundo no entiendo, y no quiero molestar a nadie.

Literalmente la última solicitud que mandé (en este caso, personalizada, nada de copiar y pegar), a una aparentemente perfecta familia de Irlanda, fue la que dio resultado. Empezamos a intercambiar datos, pronto pasamos al mail, y una semana después hicimos una entrevista en Skype, que acabó con un maravilloso resultado; me querían como su AP casi tanto como yo deseaba serlo. La familia aparentemente perfecta ha resultado serlo.

Este es un resumen muy superficial, sólo con lo que dí la murga la media hora de la entrevista, presa del pánico y dudando totalmente de mi misma y mi inglés ya da para una tesis. También he sido muy insistente con el tema de ser rechazada, ya que aunque no cambiaría mi futura host family por nada del mundo, se me hizo difícil ir aceptando la cantidad de familias que rechazaban mi perfil. El carnet de conducir os abrirá muchas puertas, pero no es indispensable, no dejéis que eso os eche para atrás.

También me gustaría destacar la importancia de preguntar. No tengáis miedo a preguntar vuestras dudas, gracias a eso me alejé de una familia londinense prometedora pero que se puso a la defensiva cuando quise informarme sobre su política con las horas extra. No dejéis nada suelto, y desconfiad si es necesario.

Respecto a la entrevista, conocí a la host mother y a mis futuros niños, y no puedo dar más consejo que el típico "sé tú misma", porque a pesar de los nervios y los malabares con el inglés (da igual tu nivel, te vas a liar, es parte de la situación, tómatelo con humor), se nota realmente si hay conexión con la familia, y para ello es necesario ser todo lo natural posible.

En un arrebato de responsabilidad me he pasado la mañana haciendo papeleo por internet, buscando datos sobre mi futura carrera online, pidiendo el certificado de exámenes de inglés aprobados previamente pero que, cómo no, he perdido, pidiendo cita para hacerme el pasaporte (no es necesario para viajar por la UE, pero sí recomendable) y rellenando papeleo para conseguir la Tarjeta Joven Europea y el Carnet Sanitario Europeo.

También, cómo no, he mirado vuelos, pero eso lo hago desde que empecé a mandarme mails con mi futura host mother, así que no creo que cuente.

Mi próxima aventura no está en Irlanda, sino en Madrid; tres meses de prácticas como educadora infantil. Si todo sale bien y el TFG no se interpone en mi camino, de aquí a tres meses y medio estaré escribiendo sobre mi pánico a la hora de hacer una maleta para un año.

Hasta entonces, deseadme suerte.

viernes, 2 de enero de 2015

Cine y gafas violetas: el test de Bechdel.

Nunca he sido muy aficionada a ver películas, reconozco que mi penosa capacidad de concentración me lo ha puesto muy complicado para disfrutar o incluso acabar buenas películas. Pero tras muchos días sin wifi ni series disponibles, parece que el 2014 acabó en un maratón de películas (The Breakfast Club, Sixteen Candles, It's kind of a funny story y Black Swan) que me ha hecho pillar el gusanillo.
Tras plantarme en el bar de turno con mi portátil y un chai latte, me he propuesto hacer una reseña sobre It's kind of a funny story, película que me llegó de una forma especial pero que me ha dejado una sensación agridulce.

¿El póster te spoilea? Qué mal.

Todos sabemos que conseguir wifi tras muchos días de separación provoca un frenesí tras el que te descubres, sin saber cómo, con trece pestañas abiertas, dos cuentas nuevas en redes sociales y un pedido algo exagerado de libros. O quizás sólo me pasa a mi. Siendo como soy -feminista e intensita- he decidido cerrar todas las listas de "Películas que debes ver antes de morir" tras ver una alarmante ausencia de mujeres, y he googleado "películas que pasan el Test de Bechdel". Es 2015, basta de quitarse las gafas violetas por pura pereza.

Llega el momento de las aclaraciones, para aquellos que no tengan ni idea de qué estoy queriendo decir.

Siendo el violeta el color que representa el feminismo, "ponerse las gafas violetas" es un metáfora del cambio de perspectiva que te otorga el descubrimiento del feminismo, ya que una vez empiezas a ver el mundo a con ojos de feminista, es decir, a través de las gafas violetas, todo cambia de forma espectacular. Las gafas violetas te permiten ver el mundo tal y como es, sin los filtros y el machismo interiorizado propio de esta sociedad patriarcal.

Por otra parte, el Test de Bechdel es, según wikipedia, es un sistema de evaluación a partir del cual una película debe cumplir con los siguientes requisitos:
  1. En la película salen al menos dos personajes femeninos.
  2. Dichos personajes se hablan la una a la otra en algún momento.
  3. Dicha conversación tiene que tratar de algo más que no sea un hombre
Habría que aclarar, también, que los personajes no deben guardar parentesco familiar entre sí.

Viñeta de Dykes to watch out for que dio origen a este test.


Nada exagerado, ¿verdad? Suena fácil.

Aquí es donde entra la web Bechdel Movie List, que como su nombre indica, nos presenta una larga lista de películas y nos dice cuáles han pasado el test y cuáles reciben un suspenso.

Películas como Cómo entrenar a tu dragón 2 o Los pingüinos de Madagascar no pasan este test, sin embargo, si planteamos el test cambiándolo al género masculino, pocas son las excepciones que suspenderían, aunque alguna hay, y es algo por lo que estoy muy agradecida.

Series actuales como Orange is the new black u Orphan black nos presentan un montón de personajes femeninos diversos y maravillosos cada uno a su manera, dejando más de lado la representación masculina, cosa que sería preocupante de no ser porque podemos encontrar representación masculina diversa en cualquier otro lugar. Pero las series son otro tema.

Me gustaría destacar que el Test de Bechdel es sólo un pasito más para orientar nuestro consumo de cultura en una dirección feminista, ya que su cumplimiento no nos garantiza que las mujeres que aparezcan en la película no sean personajes planos o estén ahí como decoración, que puede ocurrir.

En conclusión, he descubierto el placer de ver películas y espero que gracias a este test mis resoplidos ante escenas de amor entre el hombre carismático y una mujer que bien podría ser una lámpara para lo que aporta, disminuyan.

jueves, 1 de enero de 2015

Propósito de año nuevo: nada de propósitos,

Parece ser que todo el mundo está haciendo sus propósitos de año nuevo, tras hacer un balance del año anterior.
Entiendo la costumbre, entiendo la necesidad de dividir el tiempo en algo más pequeño, algo que empieza y acaba y podemos dejar atrás y comenzar de nuevo, esta vez de cero.
El ciclo Enero-Diciembre es el más típico, pero es muy largo y abrumador y para mi descuadra mis mapas mentales. Sin duda, mi concepto de año es el año escolar. Empezando en Septiembre y acabando en Junio, dejando el periodo vacacional como una especie de universo espacio-temporal aparte. Creo que esto es lo más extendido entre estudiantes en general, aunque seguro que como en todo, hay excepciones.
Tras mucho meditarlo, he decidido dividir mi vida en ciclos aún más pequeños; los meses. Cada último día de mes será para mi un día de cierre de ciclo, de echar la vista atrás y sopesar lo bueno y lo malo.
Este último ciclo para mi empezó al volver a mi ciudad natal para celebrar las navidades, y acabará al subirme al autobús este sábado.

Durante este ciclo he tenido la oportunidad de socializar mucho, con familiares, viejos amigos, y muchos conocidos, y dentro de mi típica farándula de miedos y dudas tontas a la hora de enfrentarme a estas situaciones, y he encontrado un obstáculo enorme; lo consciente que soy de los problemas sociales, más habitualmente llamados en internet social issues, que son el machismo, el racismo, el activismo LGTBA+...

Si he de elegir algo que resuma mi 2014 sería mi creciente interés y activismo en estos temas, y puedo asegurar que mis principios e ideales están muy integrados en mi personalidad. Si se me conoce lo más mínimo, se sabe que soy abierta y apasionadamente feminista, así como bisexual, y que lucharé contra la opresión sistemática de las minorías con todo lo que esté en mi mano, algo que para familiares y conocidos es un dato que falta, y que no deseo aportar, puesto que prefiero borrar parte de mi identidad callándomela que tener que enfrentarme a dar explicaciones o aguantar reproches de gente con la mente cerrada. Podéis llamarme cobarde, yo sé cuáles son mis límites y mi salud mental es más importante para mi que llevar la razón. También están los amigos de toda la vida que conocen los básicos de feminismo y no-heterosexualidad pero que se quedan en eso, en lo básico, y temas como la asexualidad o el no-binarismo de género quedan descartados. Temas sobre los que me encanta hablar, para aprender e intercambiar experiencias.

Viendo este cuadro, podéis imaginar cómo han ido las reuniones familiares navideñas.

”Eso es homófobo.

Eso es machista.

Eso es REALMENTE machista.

Has añadido un pero, sí eres racista, querido.

Oh dios un chiste más sobre mujeres y cocina y les trincho.

Eso es ableista.

Dejad de hablar de suicidios.

Eso es ableista y un trigger para mi.” - Breve representación de mi mente, repito que por mi salud mental y física he decidido callar estas cosas.


De ahí pasamos a conversaciones con conocidos “bueno, a ver, yo creo que lo de ser arromántico no es más que no haber conocido a la persona adecuada”, “pero tú odias a los hombres, eres hembrista, no feminista”, “ves machismo/racismo/homofobia/etc en todas partes, eso es que lo buscas demasiado”.

Al margen de todo esto, como introvertida que soy, he dispuesto de mucho menos tiempo a solas del que necesito. Mi único tiempo a solas ha sido, realmente una hora o dos que habré pasado dándome baños. Noto mucho cómo mi batería interna se agota, y a pesar de dormir unas diez horas diarias, no encuentro descanso mental ni psicológico de ninguna forma posible.

He empezado a escribir queriendo hablar de mis inexistentes propósitos de año nuevo y he acabado desviándome totalmente, así que para terminar, os dejo con mis propósitos para este mes de marzo enero:


  • Dejar de comer tanta bollería industial.
  • Dormir una noche en casa de mi mejor amiga.
  • No faltar más de cuatro horas a clase.
  • Rellenar mis mood/sleep charts a diario.
  • Leer un libro.
  • Reírme/sonreír al menos una vez al día (por difícil que sea).
  • Escribir semanalmente en este blog.

¡Feliz año nuevo!

PD. Ha sido “muesli” quien comentando en anónimo me ha dado las fuerzas para retomar la escritura, y desde aquí quería mandarle un gran abrazo. No sabes cuánto necesitaba esas palabras. Si alguien quiere contactar conmigo más personalmente podéis tweetearme o mandarme un mail.

domingo, 14 de diciembre de 2014

14/12/14

Desde hace unas semanas, tengo la sensación  de que estoy enterrada hasta el cuello en la orilla del mar. Todo es precioso hasta que sube a marea y sólo puedo sentir cómo me ahogo.

Pero basta de metáforas. Siempre hablo de esto con metáforas, y por una vez quiero soltarlo todo sin decorarlo antes. Sin hacerlo bonito de leer. ¿Por qué iba a ser bonito leerlo cuando es tan duro vivirlo?

Cada noche me meto a la cama y me duermo con la esperanza de que el día siguiente sea un buen día. Pero llevo meses sin tener dos días buenos seguidos. Tengo ratos buenos, gracias a las personas maravillosas que no me han dado la espalda a pesar de la dificultad añadida que supone mi amistad, pero el conjunto de mis días es devastador.

En mi vida he escrito más cartas de suicidio que de amor,
y creedme cuando os digo que soy extremadamente romántica.

Echo de menos vivir. Es como un maldito gifset en blanco y negro en el que se repiten imágenes de mi comiendo y durmiendo. Eso es mi vida.

Cada día es más decepcionante que el anterior.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Anafilaxia.

Hace un par de semanas había salido con mi grupo de amigos habitual a cenar, y de postre nos trajeron a todos una tarta de piña.
Tenían un aspecto delicioso, y yo me moría por probar una cucharada. Además, me había quedado con hambre.
Muchos me insistieron en que las probase, a pesar de haber sido recientemente diagnosticada con una alergia severa a esa fruta.
"Es cosa de tu cuerpo, seguro que si te obligas un poquito y no piensas en ello, estarás bien", dijo uno.
"Yo creo que llevas tanto tiempo sin intentar probar un lácteo que se te ha metido en la cabeza que no puedes, y punto, en serio, es cosa tuya.", añadió otra muy convencida.

Yo, que no tenía ganas de discutir y estaba realmente hambrienta, cedí. Eso llevó a comentarios como "¿Ves como sí puedes? Sólo estabas haciéndote la complicada?", "Si en el fondo te encanta, prueba otro bocado con un poco más de fruta, que está aún mejor".

En ese momento yo empezaba ya a notar cómo me picaba la garganta y se empezaba a cerrar, me empezaba a faltar el aire. Pero aún quedaba la mayor parte de mi porción de tarta ante mi. Intenté recordarles que no era físicamente capaz de comerlo, que tenía una condición médica grave que me podía causar daños serios.
 Pero ellos seguían devorando cucharada a cucharada sus porciones, algunos con las manos, otras pasaban el dedo por el plato para aprovechar los últimos restos antes de servirse de nuevo, no sin girar previamente los ojos hacia mi y decirme condescendientemente "pero míranos, todos podemos, ¿por qué no ibas a poder tú?". Una amiga incluso me recordaba cómo hacía tres años habíamos comido entre las dos un bote de piña el almíbar, y lo mucho que lo había disfrutado entonces.
"Estás fuerte, sana y joven, y además eres una persona muy valiente, seguro que no te va a pasar nada".
Una infinidad de comentarios en esa línea siguieron surgiendo mientras yo me obligaba metódicamente a cortar un trozo de tarta con la cuchara, llevármela a la boca, masticarla, y tragar.
Entonces respiraba lo más profundamente que podía durante unos segundos y repetía el proceso.

Llegué a empezar una segunda porción entre grititos de "ánimo" y "valiente", el picor en todo mi cuerpo y los pitidos de mi cada vez más trabajosa respiración.

En algún momento incierto me desplomé, y desperté en el hospital.
Cuando estaba algo menos confusa y perdida, entraron dos de mis amigos bañados en lágrimas, mientras me recriminaban no haberles avisado de lo que estaba ocurriendo.

"Os avisé, os hablé en varias ocasiones de mi enfermedad."
"Pero... no creíamos que fuese a ocurrir algo así."
"De eso también os avisé, ¿por qué no me creísteis?"
"Creíamos que no sería para tanto, que intentabas destacar, ¿por qué nos hiciste caso tú?"
"Porque quería ser una más, y de tanto oíros repetírmelo, pensé que podría hacer desaparecer mi enfermedad con simple fuerza de voluntad."

jueves, 30 de octubre de 2014

Pereza 101.

Me gusta escribir, mucho.
Me gusta cocinar, aún más que escribir.
Me apasiona ver series.

Entonces, ¿por qué me cuesta tanto hacerlo?

Pues porque soy una vaga, básicamente.

Hay días en los que ya desde que te despiertas sabes que tus niveles de procrastinación están al máximo. Para mi suelen empezar con apagar la alarma que suena y encender la alarma de emergencia. Esa alarma especial preparada para sonar cinco minutos antes del momento en el que tienes que estar saliendo de casa. Como dejo la ropa y el bolso preparados la noche anterior, puedo permitirme ducharme en dos minutos y vestirme en medio. Pero olvidémonos de desayunar o hacer la cama. De peinarme no me olvido, porque en ningún momento formó parte del plan.

Llegas a la parada de autobús y piensas "uf, ¿y si me vuelvo a casa?", porque estás vaga, lo sientes en tu interior, te controla. Pero esa pereza es demasiado intensa como para hacer el esfuerzo de volver hasta la cama, así que te dejas llevar.

Sí, exacto. Tal y como suena. Hay mañanas en las que me siento demasiado vaga como para hacer el vago, porque supondría un esfuerzo extra.

Hay otros días que empiezan bien. De hecho, empiezan de maravilla. Vas a clase, tomas apuntes, y te recreas en la idea de ser productiva al llegar a casa. Poner la lavadora mientras se calienta el agua para hacer tallarines con salsa de queso, poner el lavavajillas después de comer y aprovechar la hora de la siesta para barrer y tender la ropa, y una vez acabado todo, estudiarte entero el tema más difícil de tu asignatura más odiada. Estás emocionadísima, impaciente por llegar a casa y ser la reina presidenta-elegida-democráticamente de la productividad que siempre llevaste en tu interior.

Te subes al bus. Entras al portal. Te desplomas dramáticamente contra el cristal del ascensor. Abres la puerta de casa. Saludas a tu gata.

Cuando quieres darte cuenta son las ocho de la tarde, has comido ramen, está todo sin limpiar, los apuntes están muertos de risa en la mochila y has visto el mismo gif ocho veces en Tumblr.

¿Sabéis de quién no es la culpa? Mía.
La culpa es de mi mente, que es una blandurria. Le pongo ojitos, le digo seductoramente "podría hacer esto ahora, sí, pero... nos sobra tiempo. Podríamos dejarlo para mañana, y disfrutar de un poco de relax hoy". Y ella no es capaz de decir que no. Pero eso sí, se encargará de vengarse pasivo-agresivamente con un ataque de ansiedad a las cinco de la mañana causado por todo lo que no has hecho y deberías hacer, con un margen de entre cuatro y siete años.

Tengo tantos planes en mente, tantos proyectos, que ser así de vaga resulta frustrante.
Lo más frustrante de todo es que me consuelo a mi misma asegurándome una y otra vez "bueno, ahora eres desastrosa, pero el mes que viene empezarás con todo".
No. Hay algo más frustrante aún.
Que funciona.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Comunicado de Servicios Públicos.

Hablemos de desayunar.
Desayunar es sano, necesario, trascendental para el resto de nuestras vidas en este planeta, plagadas de obstáculos y niebla.

Las vitaminas de un zumo no te darán ganas de enfrentarte al salto al vacío que supone pretender que alguno de tus actos tenga significado en la inmensidad de este universo. De la existencia. Del tiempo y el espacio. De los dioses, amenazándote cada momento con esa mueca grotesca que deja ver parte de su afilada dentadura.

Hablemos de naranjas.
¿Cuántas almas de naranjas inocentes estás dispuesto a sacrificar por un zumo?
¿Sientes su vida escaparse entre el cristal y tus labios cuando alzas el vaso?
¿Hay verdadera diferencia entre beber sangre de naranjas o la tuya propia? No, no la hay.
Cierra los ojos para intentar recordar cuánta sangre has visto en tu vida. Piénsalo bien, ¿era toda roja?
¿Cuántas veces has visto tu sangre? ¿Cuántas veces la has probado? ¿Es tu sangre realmente tuya?

Suponiendo que tu sangre sea tuya, podemos suponer que tú también te perteneces.
Mira al vacío que se halla sobre tu cabeza en una noche cualquiera. Sonríe. Sigue fingiendo que son estrellas eso que ves. Que tu vida es tuya. Que el libre albedrío existe.
Olvida el modo en el que esos puntos luminosos parpadean en el cielo, compartiendo contigo la abrumadora realidad que el sol intenta esconder, acariciando tu piel con su calor que te quema por dentro, te pudre, te desintegra.

Escucha atentamente. Deja de decirte que el ruido que oyes en los momentos de silencio es un grifo que necesitas arreglar. Es la vida escapando gota a gota de tu interior. Cada día existes con menos intensidad. ¿Es tu sangre tan roja como la última vez que la viste?

¿Es roja?
¿Es siquiera tuya?

La voz que lee esto en alto en el interior de tu cabeza no es más que el ya olvidado sonido de la persona que dejó este mundo a la vez que entrabas en él. Una vez lo dejes tú, será libre.
Eso explica algunas de las cosas de las que te intenta convencer.

¿Has desayunado hoy?

martes, 18 de febrero de 2014

Chubasquero.

Tres días después no había parado de llover,
y cuando se miró, en su reflejo pudo ver las escamas plateadas que cubrían su piel.
¿Qué sentido tenía aquel chubasquero, si vivía en una pecera?

jueves, 26 de julio de 2012

Sin nombre.

Querido ser humano,
tras mucho pensar, he decidido compartir ciertas reflexiones contigo. La vida da muchas vueltas, y he descubierto que hay un punto en el que no estoy al derecho ni al revés. Me limito a flotar. He descubierto que los pequeños milagros que suceden a diario son más importantes que cualquier desastre devastador. Una vez has tocado fondo, ya nada malo puede hundirte más. Sin embargo en cualquier momento una sonrisa, un cielo especialmente azul o una caricia, te eleva. Y a pesar de que la tristeza tiene un límite - en el cual he estado, y en el cual he aprendido mucho -, la felicidad no lo tiene. Siempre puedes ser un poco más feliz. En la más absoluta oscuridad es cuando más visible es una débil luz. No soy una persona especialmente positiva, no voy a negarlo. Pero aún así el mundo es demasiado hermoso y fascinante para cerrar los ojos ante sus maravillas por culpa de los pequeños baches. O los grandes precipicios.
Y, querido ser humano, me gustaría agradecerte que me hayas leído. Y que me hayas prestado atención, pese a que esta pequeña carta está tan desestructurada como las ideas que se amontonan en mi cabeza.
¿Sabes lo más hermoso de todo esto? Que tú estás ahí, leyendo una serie de palabras en una pantalla, pero mientras lo haces, también estás visitando un recoveco de mi mente. Y ese es un pequeño milagro un tanto infravalorado que para mi es infinitamente especial. Probablemente no me conozcas. Jamás has escuchado mi risa, ni conoces mi situación. Tampoco has tenido nunca una conversación conmigo.
Y a pesar de todo, has tenido acceso a un nivel íntimo de mis pensamientos. Y eso, sin duda, es mágico.

Con amor,
Tess.

jueves, 7 de junio de 2012

Estática.

Me encogí en el sillón mientras temblaba violentamente. Intenté resistirme, pero no pude evitar llevarme las manos a los oídos. No servía para nada. El ruido no estaba fuera. Quería gritar, pero temía romperme en mil pedazos. Ese sonido de estática cada vez era más fuerte. Estaba ahí a todas horas, nada ni nadie podía pararlo. Eran cien mil televisores cuyas antenas han sido derribadas por una brutal tormenta. Eran doscientas radios mal sintonizadas. Era mi dolor amenazando con destruirme desde dentro. Refrené el impulso de golpearme violentamente contra la pared más cercana. Necesitaba que aquello parase. Sentía mi cordura tambalearse sobre una cuerda deshilachada a cientos de metros de altura. Quizá algún día todo esto acabe.

sábado, 14 de abril de 2012

Tempestad.

Todo a su alrededor era blanco, ese tipo de blanco que te hace pensar que nunca volverás a estar seguro de si el mundo es real o algo que tu mente enferma ha creado, y las olas le balanceaban con furia, mientras gotas de lluvia caían con fuerza a su alrededor. Cada vez que uno de esos misiles líquidos caía sobre lo que debería ser su piel algo en su interior se estremecía aterrorizado, temiendo que le atravesase como una daga. Pero sabía que lo peor aún estaba por llegar.
Aquella sustancia viscosa y verde apareció desde arriba una vez más, tal y como estaba previsto. En ese momento las olas se tornaron más iracundas y coronadas con blanca espuma.
Entonces ocurrió. Ella ya estaba allí. Si hubiese podido llorar, lo habría hecho. Pero cualquier acción era imposible para él. 
Un pie. Otro pie. Gritos y más gritos. Los habitantes de este mar sabían que Ella lo odiaba, que Ella sufría cada vez que lo visitaba. Y nadie sabía por qué aún así lo hacía a diario. 
Ella podría ser Dios, o el Diablo. Para él sólo era un gigante de piel suave y rosado al que había visto crecer.
Cada manotazo y patada que Ella daba dentro del mar hacía la tempestad arreciar.


Había llegado la hora. Ella agarró su pequeño cuerpo y lo elevó por los aires zarandeándolo. Él sintió cómo su interior se contraía y sus ojos se salían de las órbitas mientras el dolor le nublaba la mente. Una voz conocida, llena de bondad, fue lo último que escuchó antes de desmayarse.

"Clara, no juegues así con Señor Patito o lo romperás." Clara soltó el juguete al instante y lo dejó caer entre la espuma. "Me da igual, yo sé que le gusta que juegue con él. Además, odio bañarme." Su voz adquirió el tono característico de un enfado a la edad de cuatro años. "Señor Patito es mi amigo y me quiere.".

Mientras flotaba, recuperó la consciencia. Y ese odio hacia Ella, ese horrible gigante, el Mal de su mundo, pareció quemarle por dentro de su gruesa piel amarilla.

domingo, 18 de marzo de 2012

Astillas y cerraduras.

Trató de gritar, pero no lo logró. Lo intentó de nuevo, y el único sonido que consiguió proferir fue un seco bufido cargado de desesperación. Empezó a girar sobre si mismo, dibujando círculos en el suelo lleno de polvo. Estaba encerrado. Las ventanas estaban tapiadas y sabía que jamás sería capaz de abrir la puerta que se cerró de golpe tras él cuando entró. Era dolorosamente consciente de que la ausencia de comida y bebida acabaría por matarle. Nadie acudiría en su ayuda. Se reprendió a si mismo por una estupidez como esa, entrar a una casa abandonada por que había oído que allí habitaban ratones especialmente grandes. Él solo quería comprobar si era cierto. Se lamió las patas y su maullido de frustración resonó por las viejas paredes de madera. Ya se lo había dicho su madre, la curiosidad mató al gato.

Rojo carmesí. (Parte II).

- Verás, yo siempre he amado la belleza de las cosas. Pero en lo que respecta a las personas, nada embriaga mis sentidos tanto como el alma.
- Explícate. - Exigió de nuevo mi interlocutora. Habría jurado que existen formas más educadas de preguntar, pero lo dejé pasar.

Una vez más, cerré los ojos. Pero en esta ocasión fui consciente de que había empezado a hablar.

El día que conocí a Mark hacía frío y yo había decidido aventurarme por las estrechas callejuelas de la zona más antigua de mi ciudad en busca de una librería donde encontrar material de mi autor favorito en versión original. Francés, por supuesto. Cuando di por terminada mi búsqueda me dirigí a una cafetería, necesitaba café para recuperarme del frío y deshacerme de la maraña de historias y tipografías que inundaba mi cerebro tras haber ojeado al menos un centenar títulos distintos. Me senté en una mesa libre junto a la ventana del establecimiento y esperé a que alguna universitaria con menos recursos económicos que yo se acercase a mi y ejerciese su función de camarera. Dejé cuidadosamente mi nuevo tesoro ante mi y lo observé detenidamente. Las tapas eran de un negro descolorido por el tiempo, y las letras en relieve mostraban el título que tantos años había estado anhelando leer, pero que hasta hacía unas horas no había llegado a mi poder. Un camarero llegó.
- Un café. Solo, cargado y preparado para abrasar mis papilas gustativas. Por favor y gracias. - Dije sin apartar los ojos de las finas líneas plateadas que recorrían la portada. Él murmuró algo y se fue a cumplir con su tarea.
Acaricié el lomo del libro y lo abrí cuidadosamente por una página al azar. Con los ojos cerrados posé mi dedo índice sobre un punto cualquiera. Los abrí y comprobé la palabra. Sang. Sonreí. Repetí el proceso. Beauté. Mi sonrisa se ensanchó. Lo intenté de nuevo. Amour. Fruncí el ceño decepcionada. El móvil llevaba unos segundos vibrando, y yo seguí ignorándolo.
Entonces, ocurrió. El camarero había vuelto, esta vez con mi pedido, y al intentar dejarlo sobre la mesa unas gotas de oscuro líquido cayeron sobre mi libro. Pude sentir cómo algo dentro de mi recibía una estocada que le llevaba a la más pura agonía. Mi libro. Cuando conseguí reaccionar estaba de pie con la mano sobre la cabeza de ese psicópata mancha-libros. En ella tenía la taza Vacía. Pude saber por su gesto que se había esforzado en la parte de la temperatura. Entonces me fijé bien en él. Pude ver algo más a través de sus ojos sorprendidos. Y me gustó lo que vi. Me giré hacia mi bolso y saqué un pequeño objeto. Tiré de su mano, extendiendo su brazo y deslicé mi estilográfica por él, impregnando de tinta su suave piel. Repasé rápidamente la mesa antes de girarme hacia él y me acerqué suavemente a su oído.
- Es una pena que me esté olvidando ese libro que has destrozado, pero vas a ser buen chico y vas a devolvérmelo. - Susurré amenazadoramente. Acaricié su antebrazo. - Ya sabes cómo localizarme.
Él me miraba con esos ojos llenos de incredulidad. Le sonreí amablemente.
- ¡Por supuesto, claro que acepto que me invites a algo mañana! - Exclamé, aumentando así su perplejidad. Me volví a acercar a él, esta vez para rozar suavemente su mejilla con mis labios durante medio segundo. Me aparté de nuevo y salí de la cafetería. Pasé la lengua por mis labios y sonreí mientras tomaba rumbo a mi piso.

Abrí los ojos para mirar a mi interlocutora.

- Ese es mi primer recuerdo de Mark. - Suspiré extasiada. - El sabor a café.
Ella negó con la cabeza.
- No lo entiendo, ¿eso qué tiene que ver con su asesinato?
- Para entender el final hay que conocer cada recoveco de las páginas del libro. - Le respondí en tono paciente. Hablar con alguien así es incluso más difícil que razonar con un niño.
- Está bien, sigue hablando entonces.
- Claro. Al día siguiente...

sábado, 10 de marzo de 2012

Más o menos. Más menos que más.

A veces, lo que crees que es el final del libro no es más que el principio de un nuevo capítulo.

Y ya está. No tengo nada más que decir.


Por ahora.

jueves, 1 de marzo de 2012

Pozos.

Caía. No sabía de dónde, ni tampoco a dónde, pero caía. Podía sentir la velocidad de mi descenso pese a estar completamente cegada por la total oscuridad. No podía moverme, no podía gritar, solo podía dejar que la gravedad me atrajese hacia el final del abismo.
El choque contra el agua fue brutalmente doloroso, pero por un segundo tuve esperanzas. Mientras el golpe cortaba mi respiración pensé que quizás ahí acababa todo, que la caída se había detenido.
Qué equivocada estaba.
El impulso que me había hecho llegar hasta ahí hizo que me sumergiese más y más. El agua estaba helada, y contrastaba dolorosamente con el fuego que me quemaba por dentro. Aún así, no lo apagaba.
El líquido entraba por mi boca cada vez que intentaba respirar, inundaba mis pulmones. Cada vez que sabía por mi nariz, sentía un aguijonazo de dolor salado en mi cerebro.
Deseé perder la conciencia y dejarme llevar, pero no ocurrió.
Solo seguí hundiéndome.
Pasaron meses, años, o quizá tan solo minutos, pero por fin toqué el fondo.
Me quedé ahí, flotando, tiritando de frío, de terror, de soledad o quizás de dolor, hasta que me di cuenta de algo. Aquello no iba a acabar nunca si me quedaba ahí quieta.
Después de pasar un rato auto-convenciéndome, decidí impulsarme y salir a la superficie.
Pero descubrí que no sabía nadar.
Me desesperé, dejé el tiempo pasar entre frustración y odio hacia mi misma y hacia aquel lugar en el que me habían confinado.
En pequeño destello de optimismo decidí aprender a nadar y así salir de aquel agujero.

Pero solo sabré si lo logré cuando tenga suficiente valor como para abrir los ojos.

martes, 28 de febrero de 2012

Rojo carmesí. (Parte I).

Cada momento de lucidez aumentaba mi jaqueca, al igual que esa luz azul y la voz de los dos hombres vestidos de uniforme sentados en el asiento delantero. El que conducía era quien llevaba el peso de la conversación, intentando sonar despreocupado, mientras que su compañero no apartaba la mano de su pistola, preparada para ser usada en cualquier momento. Usada contra mi.

Si hubiese prestado atención me habría percatado de las miradas nerviosas que ambos lanzaban al asiento trasero. Habría mirado a los lados y entonces me habría dado cuenta entusiasmada de que la causa de esa preocupación era yo. Y me habría reído.

Pero estaba demasiado ocupada admirando extasiada mis manos, mis piernas, mi vestido... Y toda la sangre que empezaba a secarse en ellos.

Dios santo, cuánta sangre. Siempre me había sentido atraída por la sangre. Es increíble. Ese color rojo, ese olor tan peculiar, y lo fácil que es derramarla.

Cerré los ojos.

Cuando eres un niño, te haces preguntas. Cuando no tienes alguien que sacie tu sed de respuestas, las buscas por tu cuenta. Yo soy un buen ejemplo. A los ocho años empecé a preguntarle a mis tíos, mi única familia, las únicas personas que quisieron hacerse cargo de mi, todo tipo de dudas. Ellos, con buena fe, me explicaron una noche el funcionamiento de los seres vivos. La idea de que el corazón hiciese tantas cosas me pareció fascinante, casi milagroso. Pero yo quería saber más. Quería saber qué pasaba cuando el corazón era atravesado por una aguja, quería saber más y más, siempre más. Pero mis tíos no supieron contestarme, así que me metí a la cama y me dormí sonriendo. A la mañana siguiente cogí las tijeras de podar de mi tía, y salí con mi gatito al jardín. Allí, decidí buscar respuestas. Aún puedo ver a mi prima mayor, las lágrimas cayendo de sus ojos, oír sus gritos llamando a sus padres. Yo seguía sonriendo, pero no quería verle triste, no me gustaba que la gente llorase, así que alargué mi mano ofreciéndole con cariño el corazón de lo que había sido nuestra mascota para que pudiese mirarlo de cerca ella también. No recuerdo nada más. Sólo la sangre, toda aquella sangre secándose al sol, y esa mirada en los ojos de mi familia. Esa mirada que me perseguiría hasta el día de mi muerte.

Abrí los ojos.

Y la luz me cegó. Parpadeé. Había estado pensando en voz alta. Por lo que había visto en las películas de serie B que tanto me gustaban, esto debía ser una sala de interrogatorios. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Estaba casi segura de que esa mujer de rasgos dulces y maquillaje de prostituta barata sentada frente a mi había apuntado toda la historia de mi gatito en ese cuaderno. Suspiré resignada. El shock tiene esas desventajas, pasas de estar en tu apartamento a estar en un coche de policía a... esto en un abrir y cerrar de ojos.

La mujer no apartaba sus ojos de mi. Decidí que me caía bien. Probé a sonreírle, quizá se sentía sola. Yo también me sentía sola a veces. Intenté mandarle ese mensaje mentalmente.

Pero cuando habló, no me expresó su gratitud por mi empatía hacia ella, y eso me decepcionó.
Se limitó a hacerme una pregunta seca y demasiado personal.

- ¿Por qué le mataste?
- Tenía curiosidad. Si mis tíos me hubiesen explicado qu...
- Basta. No hablo del gato, hablo de él. - Me cortó secamente mi nueva no-amiga, tendiéndome algo.
Lo cogí. Era una foto. En ella estaba él, tirado en el suelo. Sonreí. Incluso muerto, seguía siendo irresistible. El contraste entre su pálida piel y su sangre aún fresca hacían de la fotografía algo encantador.
- ¿Puedo quedármela? Es bonita. - Le pregunté alegre. - Me gustan las cosas bonitas.
- ¿Por qué le mataste? - Preguntó de nuevo. Chasqueé la lengua, no me gustaba la gente cotilla.
- Porque me gustan las cosas bonitas. Y él vivo no lo era.
- Explícamelo.
- Verás, ...

domingo, 26 de febrero de 2012

Grietas.

La lluvia mojaba su cara al mismo tiempo que lo hacían sus lágrimas. El sonido de sus tacones inundaba la calle vacía, proclamando su dolor dueño del lugar. Con cada paso se alejaba un poco más de su pasado, y a través de las gotas podía sentir el calor del infierno al que se acercaba. Ya no había vuelta atrás. Mechones de pelo mojados se pegaban a sus mejillas, y sus labios temblorosos narraban en apenas un susurro taciturno el melódico sufrimiento de su corazón roto.
Cuando llegó al paso de cebra paró en seco, sin inmutarse. Todo en ella pareció adoptar la calma impaciente de quien espera algo que sabe que nunca llegará. La luz del semáforo cambió. De rojo a ámbar. De ámbar a verde. Pero ella no hizo el menor amago de movimiento.
Rojo. Ámbar. Verde.
Los coches pasaban veloces frente a ella, el viento hacía bailar su vestido rojo a su alrededor, pero nadie se detenía.
Rojo. Ámbar. Verde.
El mundo seguía girando, la vida seguía adelante. Ella no.

viernes, 24 de febrero de 2012

Los ataques de hipo también ocurren durante un beso.

Hacía un año que no se veían. Ella había decidido aceptar una beca de estudios en el extranjero, y él... eso sólo él lo sabía.

Doce meses son muchos, pensaba ella mientras se intentaba arreglar. Ni una carta, ni una llamada. No sé nada de él desde hace trescientos ses... Bueno, un poco más, quizá. Dando por imposible convertir su lacio pelo negro en algo bonito, empezó a pintarse las uñas de la mano derecha. Quizá incluso esté casado, le chilló a su periquito. ¡Y puede que embarazado! No, espera. Eso no. Presa del pánico cerró el bote maldiciendo en italiano y lo tiró sobre la cama aún desecha. Se puso su vestido de topos y se miró al espejo. No pudo evitar reírse. Siempre había querido un vestido con esos pequeños animales por estampa. Era demasiado literal como para no adorarlo. Se puso las botas y salió dando un portazo mientras tiraba el monedero y el móvil en el interior de su bolso.

Perdió dos autobuses y casi le atropellan tres coches y un taxi, pero al fin estaba en la puerta de la cafetería. Podía verle a través de ella, y se quedó ensimismada mientras observaba el modo en el que daba vueltas a la cucharilla. Sigue tan guapo como siempre, susurró. Entonces la puerta se abrió, golpeándole. El impacto le hizo caer hacia atrás. Durante los siguientes dos minutos su desconocida atacante accidental se disculpó ochenta y dos veces seguidas.

Cuando por fin pudo zafarse de ella, caminó enfadada hasta la mesa en la que él de esperaba, con la cara roja y los ojos lagrimeantes de la risa. Su romántico saludo tras todo ese tiempo fue una sonora bofetada. Él clavo sus ojos asombrados en ella. ¿Qué coño ha sido eso?, preguntó. Perdona, he perdido los nervios..., se excusó ella nerviosa. En ese momento llegó el camarero, y mientras él le pedía una tila, ella no podía dejar de pensar en cuánto se arrepentía de no haberle saludado con un beso. Empezaron a hablar, pero no conseguían encontrar las palabras adecuadas, y cuando intentaban romper los silencios incómodos lo hacían a la vez, interrumpiéndose sin querer.

Ella se inclinó a besarle y él, sin darse cuenta de nada, tomó un sorbo de su café, haciéndola retroceder. Él intentó coger su mano justo en el momento en el que ella la apartaba para ponerse un mechón molesto detrás de la oreja. Todo era un estrepitoso desastre.

En el instante en el que ya no pudo más, ella cogió su bolso murmurando una excusa para huir de aquella situación. En el momento en el que su mano tocó el fondo se dio cuenta una cosa. O mejor dicho, de dos. No se había pintado las uñas de la mano izquierda, y se había olvidado las llaves en casa.
La sangre se apresuró a ocupar su puesto en sus suaves mejillas mientras se lo explicaba a aquel chico que le provocaba tantas dudas como suspiros.

Él sonrió. ¿No te importa, no? Si soy un estorbo... Balbuceó ella. Siempre hay sitio para ti a mi lado. Respondió el dulcemente, tomándole de la mano. Ella le besó con suavidad, y susurró en su oído unas palabras llenas de amor y complicidad. Espero que no te importe dormir en el sofá.

Un trocito de chica gato.

No me gusta la gente normal.
Es decir, en la sociedad hay una serie de pautas, unos moldes en los que debes encajar si quieres ser considerado "normal". Si lo haces, no me gustas.

No me malinterpretéis, no es que prejuzgue ni mucho menos. Me gusta tomarme mi tiempo para conocer a la gente, conocerles de verdad. No me gustan las apariencias, así que nunca me fijo en ellos. A mi me gusta el fondo. La personalidad lo es todo para mi cuando se trata de establecer relaciones con otros.

Tengo una gran facilidad para encariñarme con la gente, para quererlos y para confiar. Obviamente eso me pone en una situación muy peligrosa, me expone a recibir muchas decepciones y puñaladas, y es lo que suele ocurrir. Pero aún así no pierdo la esperanza, si de quinientas personas a las que he ofrecido un espacio en mi vida han merecido la pena tres me siento más que satisfecha.

Por supuesto los errores o las relaciones que se quedan por el camino no son siempre culpa de la otra parte. A veces conozco a una persona, profundizo en nuestra amistad a medida que voy descubriendo su personalidad y... me aburro. Puede que sea porque la persona en cuestión derroche normalidad, no sea suficientemente especial -no, no es lo mismo, pensadlo- o simplemente haya llegado demasiado pronto al fondo de su personalidad, sabiéndome a poco. Cuando llega ese momento soy incapaz de mantener la relación. No consigo tener conversaciones largas, me distancio... Es algo que no puedo evitar.

Esto me lleva a darme cuenta de que la gente a la que quiero, quienes realmente me importan, no puede ser clasificada como normal.
Paranoias, baja autoestima, obsesiones, pasado turbulento, soledad, trastornos de todo tipo... Esto es lo que vas a encontrar entre quienes tienen un trocito de mi corazón. ¿Por qué tiendo a juntarme con gente así? Se podría decir que es más problemático, más complicado. Pero para mi es una experiencia más plena, más atractiva y real. La gente complicada es a la vez interesante, siempre hay algo nuevo que contar, algo en lo que te entienden, algo con lo que ayudarles. Sabes que los sentimientos son de verdad, no de cartón piedra y papel maché. Cada pedacito de locura que añaden a mi vida es también un pedacito de intensa felicidad.

Lo tengo claro, yo encajo entre los que no encajan en ningún sitio. Yo soy como ellos, pero sin embargo no somos iguales. Cada loco tiene su propia locura, cada felicidad es sentida de distinta manera por cada uno de nosotros, y sin embargo está ahí porque están conmigo.

En resumen; siento especial afinidad con la gente extraña, no sé mantener relaciones con gente normal.
Que sea bueno o malo me da igual, solo sé que es, así que lo dejaré ser.